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Por Marta Ambor

Este jueves, 29 de octubre, Binance sufrió el mayor robo de la historia de los criptoactivos: unos 6.300 millones de dólares, más de cuatro veces lo que se llevaron de Bybit en el mes de febrero de 2025. Y confieso que lo que más me inquietó no fue la cifra, sino cómo ocurrió.

Para entenderlo, vale la pena saber cómo guarda el dinero un exchange. Me gusta explicarlo con un ejemplo sencillo. La mayor parte de los fondos descansa en carteras frías, desconectadas de internet: el equivalente digital a una caja fuerte enterrada. Pero una plataforma que mueve miles de millones al día necesita pagar al instante, y para eso usa carteras calientes, conectadas a la red, con sistemas que firman las retiradas de forma automática.

La caja fuerte aguantó. El atacante no la tocó. Según la versión de Binance, entró por el portátil de un ingeniero, saltó desde ahí a un servicio interno y ordenó retiradas que nadie había autorizado. La empresa sostiene que no se filtró ninguna clave privada. La firma de análisis TRM Labs apunta a algo más grave: que la máquina encargada de firmar obedecía, simplemente, lo que el atacante le pedía.

En unos veinte minutos, los fondos salieron repartidos por diez cadenas de bloques. TRM Labs atribuye el ataque, con alta confianza, a TraderTraitor, un grupo vinculado a Corea del Norte. Binance todavía no lo ha confirmado.

Pero no todo fueron malas noticias, y creo que es justo contarlo. Se lograron congelar unos 2.540 millones de dólares. Binance, además, se ha comprometido a cubrir la totalidad de las pérdidas de sus usuarios.

El mercado, como era de esperar, acusó el golpe. Bitcoin cayó por debajo de los 77.000 dólares, se liquidaron cerca de 1.500 millones en posiciones apalancadas y las retiradas en la plataforma siguen pausadas mientras escribo estas líneas.

No es un caso aislado, es un patrón

Lo más revelador es lo que tiene en común con otros incidentes de estos mismos días. A Polymarket le sustrajeron unos 2,7 millones a través del script de un proveedor externo. En Japón, otra empresa del sector afronta una petición de rescate de 50 millones.

Nadie ha roto la criptografía. Ni en Binance, ni en Polymarket, ni en Japón. Los atacantes entraron por el portátil de una persona o por el código de un tercero. El eslabón débil no es la tecnología blockchain, que sigue haciendo exactamente lo que promete. El eslabón débil es el acceso: quién puede tocar qué, desde dónde y con qué controles.

Durante años, el debate sobre la seguridad de los criptoactivos se ha centrado en si la tecnología era fiable. Hoy la pregunta es otra: ¿están las organizaciones gobernando bien los accesos a esa tecnología? Firmas automáticas sin límites, servicios internos que confían ciegamente unos en otros y proveedores con más permisos de los necesarios son puertas abiertas, por muy sólida que sea la caja fuerte.

Tu portátil también es una puerta

Y aquí te pido que sigas leyendo, aunque nunca hayas comprado una criptomoneda, porque la lección va mucho más allá del sector. Cada vez más profesionales conectan agentes de inteligencia artificial, extensiones y conectores a su correo, a sus documentos y a sus herramientas de trabajo. Son útiles, sin duda. Pero cada uno de ellos es una nueva puerta. Si un atacante puede llegar a tus sistemas a través de tu portátil, también puede hacerlo a través de una herramienta a la que diste permisos sin pensarlo dos veces.

Antes de instalar cualquier aplicación o conceder un acceso, te propongo hacerte una pregunta sencilla: ¿qué puede tocar esto? Y después, revisar periódicamente esos permisos, como revisamos quién tiene las llaves de casa.

La tecnología no falló. Fallaron las personas y los permisos. Y eso, a diferencia de la criptografía, depende de nosotros.

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