Por: Pablo Rutigliano
Presidente de la Cámara Latinoamericana del Litio – CEO de Atómico 3
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Argentina está transitando un momento decisivo y, sin embargo, sigue tomando decisiones como si todavía estuviéramos en la década pasada. La transición energética está en marcha a nivel global, impulsada por la electro-movilidad, por las baterías, por los sistemas de almacenamiento y por una transformación profunda de la matriz productiva. Pero acá se sigue mirando el futuro con retrovisores viejos. Se insiste con tecnologías que no representan ningún progreso real y se evita encarar el único camino capaz de generar desarrollo genuino, empleo de calidad, industria nacional y posicionamiento estratégico. No lo digo desde la comodidad del comentario, lo digo desde años de estudio, de trabajo y de compromiso reflejado en La revolución del litio, donde expongo con claridad que el país necesita una visión, no un parche. Y lo que está sucediendo hoy es, precisamente, lo contrario.
Importar autos híbridos como si eso fuera transición energética es una muestra perfecta de la falta de rumbo. Un híbrido no cambia absolutamente nada; es un vehículo que sigue consumiendo combustibles fósiles y que solo le agrega un dispositivo técnico para justificar la idea de “avance”. Pero no avanza: mantiene el mismo modelo energético que ya está agotado. Es una solución cómoda, útil para quienes necesitan retrasar el verdadero salto tecnológico y mantener intacta la lógica de consumo de nafta y gasoil. Mientras el mundo consolida la electro-movilidad total, Argentina se aferra a una tecnología que en países desarrollados ya es considerada una etapa intermedia superada. Traer híbridos es patear para adelante el desarrollo de la infraestructura eléctrica, de los nodos de carga, de los corredores de 500 km y de la red nacional que deberíamos estar construyendo desde hace años. Es, en términos simples, seguir quemando combustible disfrazado de modernidad.
Si el país realmente quisiera iniciar una transición energética de verdad, comenzaría con lo básico: infraestructura. No discursos. No marketing. Infraestructura. Nodos eléctricos, estaciones de carga de alta capacidad, sistemas de almacenamiento, corredores logísticos, inversiones en baterías nacionales, integración tecnológica y desarrollo federal. La transición energética no se decreta: se construye. Y esa construcción requiere visión, planificación y, sobre todo, entender que la electro-movilidad no es una moda sino un rediseño profundo del sistema económico. Los países que lideran el proceso lo saben. Acá, en cambio, seguimos debatiendo como si la transición fuera un simple catálogo de autos.
A esto se suma un relato que escucho cada vez más: “el litio ya terminó”, “ahora todo es hidrógeno”. Una idea tan absurda como cómoda para quienes quieren instalar confusión. El hidrógeno es una tecnología valiosa, sí, pero ningún vehículo de hidrógeno, ninguna red inteligente, ninguna integración de renovables puede operar sin sistemas de almacenamiento eléctrico. Y el almacenamiento se sostiene en baterías. No existe electro-movilidad sin baterías, no existe descarbonización sin baterías, no existe matriz energética moderna sin baterías. Quien dice que el litio ya fue, en realidad no entiende nada del proceso científico, tecnológico ni económico que define la nueva era industrial. Es un discurso que intenta restarle importancia a un recurso clave para poder seguir defendiendo modelos fósiles que ya no tienen sentido estratégico. Argentina tiene litio, tiene capacidad técnica, tiene industria posible. Lo que no tiene es decisión política.
Y cuando analizamos el rol de YPF, se ve con claridad la contradicción. Cada gobierno que entra la toma como bastión de propaganda, la convierte en un instrumento para reforzar un relato y la presenta como símbolo de una independencia energética que, en verdad, solo profundiza la dependencia de los combustibles fósiles. Se nos quiere convencer de que los combustibles líquidos son la visión de futuro de un país que, irónicamente, ya produce litio y tiene todo para liderar la electro-movilidad. La discusión seria es otra: ¿qué porcentaje de la matriz futura seguirá siendo fósil y qué porcentaje debe migrar hacia lo eléctrico? Esa es la pregunta técnica, económica y estratégica. Lo demás es marketing político.
También hay que decirlo sin vueltas: hay sectores que niegan el cambio climático porque les conviene negarlo. Lo transformaron en un negocio ideológico para sostener estructuras que no se adaptan al siglo XXI. Pero negar la crisis climática es negar la evolución humana. Es negar la casa común que habitamos. Es ignorar que, si no somos capaces de cuidar nuestro entorno, el daño vuelve multiplicado y nos destruye a nosotros mismos. Quienes dicen que el cambio climático “no existe” pretenden bloquear la conciencia colectiva para que el mundo no cambie, pero la historia demuestra que esos poderes siempre tienen fecha de vencimiento. Lo que emerge después es una corriente más profunda, más honesta, más alineada con las necesidades reales del ser humano.
Argentina está parada en la puerta de una oportunidad histórica. Puede decidir seguir retrocediendo o puede asumir de una vez por todas que el futuro está en la electro-movilidad, en las baterías, en la infraestructura, en una matriz energética moderna, en el desarrollo industrial y en la transición real que ya definieron las potencias del mundo. Lo que no puede seguir haciendo es confundir a su sociedad con parches, discursos vacíos y decisiones que benefician a unos pocos mientras perjudican al país entero. La transición energética no es opcional. Es inevitable. Y cuanto más tardemos en entenderlo, más caro será el costo del atraso. El futuro ya llegó; lo que falta es que Argentina deje de mirar para otro lado y empiece a construirlo con la firmeza que exige la historia.





















