Por Pablo Rutigliano

Toda teoría económica comienza mucho antes de convertirse en un libro, en una ecuación o en un artículo académico. Comienza con una pregunta. En mi caso, esa pregunta me acompañó durante años de trabajo vinculados al desarrollo de proyectos productivos, la minería, la economía digital y los procesos de trazabilidad. Era una inquietud que aparecía una y otra vez frente a realidades muy diferentes, pero con un problema común: existían activos con un enorme potencial económico que no encontraban una forma objetiva de demostrar cuánto de ese valor ya había sido construido. No era una cuestión de falta de capacidad productiva. Tampoco de ausencia de innovación. Era, sobre todo, una dificultad para describir y medir un proceso que la economía tradicional suele observar recién cuando aparece un precio de mercado.

Fue entonces cuando comprendí que quizás el problema no estaba en las herramientas disponibles para valorar empresas consolidadas o activos que ya cotizan, sino en aquello que ocurre mucho antes. La mayor parte de la vida económica transcurre antes de que exista un mercado organizado. Un yacimiento aún en exploración, una patente tecnológica, una infraestructura en desarrollo, una innovación industrial o un proyecto agropecuario atraviesan un largo camino de crecimiento antes de llegar a su madurez. Ese recorrido implica inversiones, conocimiento, riesgo, evidencia, trabajo, derechos, permisos y capacidad técnica. Sin embargo, ese proceso rara vez encuentra una representación económica que permita describirlo de manera integral.

Allí nació la inquietud que terminó dando origen a la Teoría Rutigliano de la Formación Evolutiva del Valor (TRFEV). No surgió con la intención de reemplazar las teorías clásicas del valor ni de desconocer las enormes contribuciones realizadas por generaciones de economistas. Surgió porque entendí que todavía existía un espacio de investigación relacionado con la manera en que el valor se forma antes de convertirse en precio. Esa es la pregunta que estructura el documento: cómo describir, medir y verificar el proceso mediante el cual un activo construye valor antes de que exista un mercado que lo refleje.

Lo más curioso es que la inspiración inicial no apareció leyendo un tratado de economía, sino observando un fenómeno de la naturaleza. La metamorfosis de la libélula me ofreció un modelo conceptual inesperado. Durante buena parte de su vida, este insecto permanece bajo el agua como ninfa. A simple vista no posee las características que asociamos con la libélula adulta. Sin embargo, todo su potencial biológico ya está presente. Cada transformación incorpora nuevas capacidades hasta alcanzar la madurez. Comprendí que un activo económico atraviesa un proceso similar: no aparece completamente desarrollado desde el primer día, sino que evoluciona mediante etapas verificables. Esa analogía no pretende convertir un fenómeno biológico en una ley económica; funciona como una guía conceptual para pensar el valor como un proceso y no como un acontecimiento instantáneo. El propio documento utiliza esta imagen para explicar la tesis central de la teoría.

A partir de esa observación empecé a identificar patrones que se repetían en proyectos de distinta naturaleza. Descubrí que existían dimensiones comunes cuya evolución condicionaba la maduración del valor: la evidencia técnica, la certeza jurídica, la calidad de la información, la trazabilidad, la gobernanza, la utilidad productiva, el cumplimiento regulatorio y el riesgo residual. Ninguna de ellas, por sí sola, explicaba el desarrollo de un activo. Todas interactuaban entre sí. Esa constatación llevó a construir un modelo formal y un Índice de Maduración del Activo (IMA), pensado para sintetizar el grado de desarrollo verificable de un proyecto mediante criterios explícitos y reproducibles.

Uno de los principios que guiaron el diseño del modelo fue evitar una simplificación excesiva. En la práctica económica, una fortaleza sobresaliente no siempre compensa una debilidad crítica. Un proyecto puede tener excelente ingeniería, pero si carece de derechos sólidos difícilmente pueda desarrollarse. Del mismo modo, una gran infraestructura tecnológica no sustituye la ausencia de capacidad productiva. Por esa razón el documento adopta una estructura matemática multiplicativa, que busca reflejar esa interdependencia entre dimensiones. No se trata de una fórmula pensada para impresionar, sino de una herramienta destinada a representar una intuición económica: el valor verificable depende del desarrollo conjunto de factores esenciales y no de la suma aislada de atributos.

La teoría también propone una distinción que considero especialmente relevante: la diferencia entre valor potencial y valor verificable. Todo proyecto puede tener un potencial económico significativo, pero la pregunta verdaderamente importante es cuánto de ese potencial puede demostrarse hoy con evidencia objetiva. Esa diferencia constituye la denominada “brecha de verificación”, que el documento presenta como una variable económica central del proceso de maduración.

Vivimos, además, un momento de transformación profunda. La economía mundial incorpora cada vez más tecnologías digitales para registrar activos, contratos y procesos. Esa evolución plantea un desafío conceptual: la tecnología permite representar información con mayor eficiencia, pero no reemplaza la necesidad de comprender qué representa esa información. Desde esa perspectiva, la TRFEV sostiene que la representación digital no crea valor; registra y preserva la historia mediante la cual ese valor fue construido. Esa distinción resulta especialmente importante en un contexto donde la digitalización de la economía avanza a gran velocidad.

Si esta propuesta logra aportar una herramienta útil para describir el estado de desarrollo de activos productivos, podría contribuir a reducir asimetrías de información y facilitar el diálogo entre desarrolladores, financiadores, auditores e instituciones. Esa es una de las motivaciones que atraviesa el documento y explica por qué incorpora un programa de validación empírica destinado a que la teoría pueda ser examinada y discutida por otros investigadores.

No escribí esta teoría para clausurar un debate que lleva siglos abierto. La escribí porque considero que las transformaciones tecnológicas del presente justifican volver a formular algunas preguntas fundamentales. Las teorías económicas no permanecen por la convicción de quienes las escriben; permanecen cuando otros encuentran en ellas herramientas útiles para comprender mejor la realidad. Será el tiempo, la investigación y el intercambio académico quienes determinen el alcance de esta propuesta.

Mientras tanto, mi aspiración es mucho más simple y, al mismo tiempo, profundamente ambiciosa: contribuir con una idea nacida en Argentina al debate internacional sobre cómo se forma el valor en una economía cada vez más digital, más trazable y más intensiva en información.

Porque las innovaciones tecnológicas cambian la forma en que producimos y registramos riqueza. Pero las innovaciones intelectuales cambian la manera en que la comprendemos. Y toda nueva etapa del pensamiento económico comienza, inevitablemente, con una pregunta que todavía merece ser explorada.